10/02/2009

No me reconozco


pero tampoco creo que quiera o necesite encontrarme. No me reconozco y lo único que espero es no estar buscando a nadie...tal vez si algo, quizá la libertad; la fuerte, la dura, la de los griegos. Sin embargo, Fiodor ya advirtió que es la más difícil de sobrellevar, la que más pesa a la consciencia; desde el temor que le tenemos nace la creencia en la autoridad.

No creo que me haya extraviado, es sólo que no me reconozco. Tampoco mi cuerpo, que me resulta ajeno, tuyo, porque así deviene objeto que no me pertenece, del que no tengo que responder. Una vez, creí haberlo descubierto (mi cuerpo), mas se me escapa entre las manos untadas de una cotidianeidad demasiado saturada, repleta de cosas, de gentes...

Sólo espero no olvidarme.

6/03/2009

La loca


Me preguntáis como me volví loco. Así sucedió:

Un día, mucho antes de que nacieran los dioses, desperté de un profundo sueño y descubrí que me habían robado todas mis máscaras -si; las siete máscaras que yo mismo me había confeccionado, y que llevé en siete vidas distintas-; corrí sin máscara por las calles atestadas de gente, gritando:

-¡Ladrones! ¡Ladrones! ¡Malditos ladrones!

Hombres y mujeres se reían de mí, y al verme, varias personas, llenas de espanto, corrieron a refugiarse en sus casas. Y cuando llegué a la plaza del mercado, un joven, de pie en la azotea de su casa, señalándome gritó:

-Miren! ¡Es un loco!

Alcé la cabeza para ver quién gritaba, y por vez primera el sol besó mi desnudo rostro, y mi alma se inflamó de amor al sol, y ya no quise tener máscaras. Y como si fuera presa de un trance, grité:

-¡Benditos! ¡Benditos sean los ladrones que me robaron mis máscaras!

Así fue que me convertí en un loco.

Y en mi locura he hallado libertad y seguridad; la libertad de la soledad y la seguridad de no ser comprendido, pues quienes nos comprenden esclavizan una parte de nuestro ser.

Pero no dejéis que me enorgullezca demasiado de mi seguridad; ni siquiera el ladrón encarcelado está a salvo de otro ladrón.


GIBRÁN KHALIL GIBRÁN, el loco


Creo que hoy me encuentro lejos de poder definir mi locura de esta manera o se sentir propia esta forma de desvanecerse, estar y reaparecer...pero este fragmento nunca pierde actualidad (me atrevería a decir) espiritual (aunque es un adjetivo que nunca usaría).


La loca ;)

5/27/2009


La angustia de lo que existe, de aquello con lo que te tienes que encontrar. El asco y la rabia que te provoca lo que no puedes evitar, lo que pertenece a tu entorno, lo que te rodea. La ilusión de decidir sobre tu vida y tener un hilo de compromisos y de sine-quanons con los que lidiar y atragantarte.


Una sensación plástica y clara de cómo te aprietan las costillas paśandoles una cuerda fina que te permite respirar pero que hace que tus pulmones se rocen con ella cada vez que inhalas o exhalas aire, sólo para recordarte que está ahí...rozando contra ti.

4/30/2009

El enamoramiento independiente

Era tarde, había tardado demasiado en ponerse a escribir... y simplemente quería escribir que sí, que pensándolo así de manera profana, pensando en Diotima y El Banquete, podría coincidir y afirmar que C era su amor platónico.
Le doblaba la edad, casado, lejos de poder verla en un sentido sensual o emocional; él era todo menos la figura del padre -tal y como le había sugerido alguna amiga-, era la figura del compañero. El que nunca la necesitaría si llegaran a estar juntos. Porque ella pensaba que el amor se encontraba ahí, en ese lugar en el que las personas no se necesitan las unas a las otras; en el que acompañarse es una decisión.

3/06/2009

Bar Ricardo

Ella era consciente de ser el cliente más distinguido -con todo el rintintín que eso implicaba en un barrio como el suyo- del bar Ricardo. Seguramente era la primera clienta que se sentaba a beber un quinto acompañada de un libro. Más bien, seguramente era la primera clienta que acompañaba algo en el bar Ricardo de un libro. Esta vez no quiso cobrarle y eso le incomodó.

No tanto como en otros bares, pero le molestaba la idea de que la invitaran y que pensaran que volvía sólo por eso. Esta vez estaba claro que no era así, sin embargo, insistió en pagar la pequeña bebida alcólica que había consumido mientras leía con fervor su best-seller del momento, los niños de la mesa vecina corrían por el bar mientras sus padres parloteaban a gritos de un tema sin importancia elevando el volumen de la voz por encima del de la televisión los borrachos del otro lado de la barra. No lo consiguió, y es cierto que desistió muy pronto. Antes de salir por la puerta, se llevó unos cuantos piropos -igual que al entrar- y constató que la mujer del Ricardo no trabajaba esa noche. Los piropos le divertían y había conseguido saber sobrellevarlos de manera que ya ni le hacían sonrojar, incluso a menudo, podía responder con alguna frase ocurrente o educada que mantenía a raya al interlocutor, pero le mostraba cierta simpatía (siempre que éste no se hubiera pasado de la raya, en tal caso, se lo hacía saber).
Se había acostumbrado a ser una especie de niña bonita, que sabe que no es bonita y por eso se deja tratar como tal. Al mismo tiempo, continuamente tenía la sensación de estar de paso en ese rol, de poder desempeñarlo por saber que no era el suyo. Sólo había una cosa que la aterraba de ese rol: acostumbrarse a él y que eso fuera, más adelante, uno de los motivos por los que le diera miedo envejecer.
Sabía perfectamente que la vejez es cuestión de actitud, un gran número de personas que la rodeaban y le doblaban la edad o casi se la triplicaban se lo demostraban cada día. Pero también sabía que los argumentos racionales no sirven y que podemos apropiarnos de las experencias cercanas para algunas cosas, y no para otras. La inseguridad se manifiesta en los lugares menos esperados.
En todo caso, no podía hacer nada para remediarlo, así que decidió aparcar el tema hasta que este se impusiera por el paso del tiempo, o porque ese mismo paso del tiempo desplazara la importancia del tema hasta un rincón al que no prestarle ningún tipo de atención.

5/27/2008

Homenaje a José García Roca (uv)

no necesariamente se tiene que homenajear a alguien porque haya muerto. Yo, ahora que mi vida no tiene nada que ver con aquello que aprendí en sus clases, siempre me he quedado con ganas de agradecerle que me transmitiera cómo disfrutar y excitarse aprendiendo. Y no he podido dejar de admirar su indiferencia por el reconocimiento y el aspirar a subir de escalón.

De hecho, siendo Roca todo lo que es, sólo he encontrado esto de él http://dialnet.unirioja.es/servlet/extaut?codigo=1616529

9/02/2007

esquizofrenia nihilista

Cómo se vive en un mundo en el que no hay nada que hacer, y miles de vidas por vivir (entre ellas, la mía), en un mundo en el que hay tiendas para todo, menos para las instrucciones de uso de la vida.

Equivocándote. Descubrir la posibilidad de equivocarse, perder el miedo al error, no existe La forma correcta. Abandonar el poder basarse, remitirse a una verdad, y no caer en el relativismo. Aceptar la propia humanidad [mediocridad?], sin estancarse ahí; lo correcto, lo verdadero siempre viene del lado de los vencedores: confrontar el poder es equivocarse. hablo desde (vivo en) el error.

El error, el reconocimiento del mismo implica casi de manera lógica la necesidad, la idea del perdón. de recibir el perdón por el error que cometimos. Ese error fustigantemente cristiano y el perdón ligado (amordazado) a él.
¿Y qué hacer frente/con ellos? El perdón, pedirlo u otorgarlo, no cambia nada, no enmenda nada, no arregla nada. Me niego a asumir la pena, pero no a atenerme a las consecuencias (a veces, basta con verlas).
Vivir en el error en un mundo sin referentes, sin verdades; pero cotidianamente referencial, simbólico.

[fragmento de 2004, cómo cambian las cosas, y, por suerte, cómo cambiamos nosotros]
 
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