A veces me cuesta entender las cosas, y me desespero por no entenderlas. No sé si soy yo, o que el ser humano es infinitamente complejo, retorcido, frágil y miope a la vez... a veces necesitaría dejar de tener la apetencia de que alguien me guíe. Hay momentos en los que aborrezco mi autonomía, y otros que no sé qué salfumán usar para desprenderme de mi arrogancia -la cual, por cierto, también provoca miopía-.
9/21/2010
9/07/2010
carismáticamente sencillo
La echo de menos. Echo de menos ver que hay alguien que puede ser querido por todos, menos por aquellos que no merecen quererla. Echo de menos tal vez no a ella, sino lo que encarnaba: el protagonismo, el carisma personalizado en alguien que le arranca todo a esos dos sustantivos toda la capa de reconocimiento vanidoso (casi) intrínseco a la condición humana. Echo de menos la ternura de la justicia que tú representabas.
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8/18/2010
Reflexiones importantes
Renunciar a la imaginación es abandonar las armas en tiempos de guerra
Ningunear la fantasía es entregarse al enemigo en tiempos de Inquisición
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8/09/2010
Encuentros virtuales, y puzzles cotidianos
Estaba a punto de irme a dormir: cerrar todas las pestañas del navegador, apagar el ordenador y acostarme. Alguien me interpeló por el chat del facebook, no contesté; pero seguramente por inercia, comprobé quién más estaba conectado. Germano-banano. Tres días antes había tenido una breve conversación con Marta sobre él. Nada insólito, las pocas veces que Marta y yo nos vemos dedicamos el principio de la conversación a ponernos al día sobre nuestros amigos comunes. A veces alargamos el tema durante todo el encuentro para dejar que el cariño disimule que hay épocas en las que no tenemos nada que contarnos, ni un lugar común en el que aterrizar.
Ese repaso a modo de titular sobre la vida de germano-banano lo rescató de un estado catatónico en mi memoria, según el cual estaba en Londres y su vida no discurría de otra manera que "estando en Londres".
Chateamos más de una hora
Aun no me he acostumbrado a los encuentros virtuales con aquellos de cuya vida presente no me he hecho una imagen clara. Es como si necesitara tener primero el cuadro al óleo para después introducir los píxeles.
La conversación se desarrolló a trompicones, de manera inconexa; mas sin sordera. De repente, volvió a cobrar textura esa persona que durante un tiempo había sido una pieza importante en mi puzzle social cotidiano, que más tarde había tenido que reestructurar y ubicar en un lugar menos tangible; y que ahora en mi cotidianeidad simplemente vagaba por el rinconcito de los seres queridos a quien no hace falta a penas cuidar mucho, porque hay un cariño asentado difícil de perder, olvidar, pero también a veces de confirmar en lo concreto.
Anoche no me reencontré con germano-banano desde mi yo-presente para redibujar su imagen y percibirlo tal y como es hoy. Fue un encuentro más, como muchos otros chats, tal vez más "desaliñao"; uno de esos encuentros que me confirmaron que seguía consituyendo una pieza de mi puzzle a la que no sabría renunciar. Un encuentro virtual que, a pesar del tiempo transcurrido, no necesitó de grandes anuncios, narraciones, relatos o regalos para saber que se podría dar una y otra vez, porque la calidad de la relación (el Kern) está más allá de un encuentro aquí o allá, al mismo tiempo que los necesita. Anoche simplemente vimos que nos podíamos volver a encontrar, ver y escuchar, de una manera u otra, y eso no tenía por qué tener nada de especial. Simplemente podía ser y era.
Ese repaso a modo de titular sobre la vida de germano-banano lo rescató de un estado catatónico en mi memoria, según el cual estaba en Londres y su vida no discurría de otra manera que "estando en Londres".
Chateamos más de una hora
Aun no me he acostumbrado a los encuentros virtuales con aquellos de cuya vida presente no me he hecho una imagen clara. Es como si necesitara tener primero el cuadro al óleo para después introducir los píxeles.
La conversación se desarrolló a trompicones, de manera inconexa; mas sin sordera. De repente, volvió a cobrar textura esa persona que durante un tiempo había sido una pieza importante en mi puzzle social cotidiano, que más tarde había tenido que reestructurar y ubicar en un lugar menos tangible; y que ahora en mi cotidianeidad simplemente vagaba por el rinconcito de los seres queridos a quien no hace falta a penas cuidar mucho, porque hay un cariño asentado difícil de perder, olvidar, pero también a veces de confirmar en lo concreto.
Anoche no me reencontré con germano-banano desde mi yo-presente para redibujar su imagen y percibirlo tal y como es hoy. Fue un encuentro más, como muchos otros chats, tal vez más "desaliñao"; uno de esos encuentros que me confirmaron que seguía consituyendo una pieza de mi puzzle a la que no sabría renunciar. Un encuentro virtual que, a pesar del tiempo transcurrido, no necesitó de grandes anuncios, narraciones, relatos o regalos para saber que se podría dar una y otra vez, porque la calidad de la relación (el Kern) está más allá de un encuentro aquí o allá, al mismo tiempo que los necesita. Anoche simplemente vimos que nos podíamos volver a encontrar, ver y escuchar, de una manera u otra, y eso no tenía por qué tener nada de especial. Simplemente podía ser y era.
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7/24/2010
Diario de duelo
Incluso hoy la echo de menos. Pensaba -y seguramente es así- que con el tiempo la impotencia y el dolor agudo de la percepción de su ausencia desaparecerían, y, sí, seguramente es así; pero yo hoy la echo de menos. No tanto de manera nostálgica, sino como un desgarre profundo de una parte de mí que se me clava, impuesto, incombatible; y me situa en la soledad de su ausencia más absoluta.
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7/09/2010
Tú
Desazón. La sensación perpetua de no saber amar. De no poder transformar al otro, impulsarle, obligarle a que se quiera.
No podía estar contigo, porque no sabía hacerlo. Me hice pequeña a tu lado, creo que no contigo. Y hoy estoy segura de que fui yo (mañana probablemente ya no). Aunque tú a veces no me vieras (pero me mirabas).
Aun me duelen las cosas que me dolían entonces, tal vez sean ellas las que no dejan espacio al dolor de la pérdida.
Lo que me cuesta de sobrellevar es la sensación, la certeza de repetición, de inflinguir dolor, de no saber preparar el terreno para que algo amortigüe el golpe. Cada vez se repite, tal vez no la situación, no los motivos; pero sí la sensación. La desazón.
No podía estar contigo, porque no sabía hacerlo. Me hice pequeña a tu lado, creo que no contigo. Y hoy estoy segura de que fui yo (mañana probablemente ya no). Aunque tú a veces no me vieras (pero me mirabas).
Aun me duelen las cosas que me dolían entonces, tal vez sean ellas las que no dejan espacio al dolor de la pérdida.
Lo que me cuesta de sobrellevar es la sensación, la certeza de repetición, de inflinguir dolor, de no saber preparar el terreno para que algo amortigüe el golpe. Cada vez se repite, tal vez no la situación, no los motivos; pero sí la sensación. La desazón.
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4/30/2010
Tatuajes: a veces no es procrastination
es tristeza. Llevo días aplazando escribir un mail.
Escribir un mail.
Lo he redactado mentalmente varias veces, no tanto por saber cuál sería el resultado final; sino por ese diálogo con una misma que supone la escritura. Por asegurarme de que no me dejaba a nadie, o de que transmitía lo que para mí (y para otras muchas) supone hacerle [por fin!] un homenaje a la Emilia. Pero me he puesto a escribirlo y he huído a refugiarme en un post lagrimeado.
Ahora incluso dudo de saber qué supone para mí. Tal vez no quiera una clausura del duelo, porque lo percibo infinito, porque me despierta un miedo (irracional) de que ésta suponga un abrir la puerta al olvido cotidiano. Miedo de no estar a la altura, de que no abarque todo lo que tú crees que debería, que tiene que reflejar. Que el homenaje no haga justicia. Miedo a que se borre, se diluya aquello que esa persona tatuó en tu memoria.
Mierda.
Escribir un mail.
Lo he redactado mentalmente varias veces, no tanto por saber cuál sería el resultado final; sino por ese diálogo con una misma que supone la escritura. Por asegurarme de que no me dejaba a nadie, o de que transmitía lo que para mí (y para otras muchas) supone hacerle [por fin!] un homenaje a la Emilia. Pero me he puesto a escribirlo y he huído a refugiarme en un post lagrimeado.
Ahora incluso dudo de saber qué supone para mí. Tal vez no quiera una clausura del duelo, porque lo percibo infinito, porque me despierta un miedo (irracional) de que ésta suponga un abrir la puerta al olvido cotidiano. Miedo de no estar a la altura, de que no abarque todo lo que tú crees que debería, que tiene que reflejar. Que el homenaje no haga justicia. Miedo a que se borre, se diluya aquello que esa persona tatuó en tu memoria.
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